Doña Consuelo (Alicia Marina Rossi)

Cuando alguien muere, otro alguien debe encargarse de los objetos del muerto, entrar en las habitaciones y dar destino a cada cosa, hasta vaciarlas.
Mariana, era la única hija mujer y cuando murió su madre le tocó esa difícil tarea. Sus hermanos varones no tenían interés. La fallecida mujer era jubilada docente.
Un domingo Mariana tomó coraje y se internó en el dormitorio de su madre, abrió el ropero y se encontró con una pila de carteras amohosadas de todos los colores, con los zapatos torcidos por los juanetes que todavía sentía taconear por los pasillos de la vieja casa y con los tapados y sacones que tanto gustaban a su mamá; en los bolsillos, los papeles de caramelos aún hacían ruido ¿Porqué los viejos se la pasan comiendo golosinas y esconden los papelitos? se preguntó la joven mientras se dirigía a la mesa de luz y sacaba de los cajones bombachas sin elásticos, medias corridas y polleras a medio agrandar. Su madre era hija de inmigrantes, muy ahorrativa, y cuando cambiaba de talla ampliaba los vestidos tejiendo a crochet varetas en las costuras, con hilos de igual tono, haciendo composé, decía su mamá.
La joven continuó el recorrido y en la repisa tropezó con fotos marrones y grumosas de parientes desconocidos que seguían posando ante la Polaroid.
Para su cometido Mariana había llevado dos grandes cajas de cartón, en una pondría lo desechable y en la otra la ropa en buen estado. Por los modelos de mamá, ésta irá al geriátrico, se dijo, mientras acercaba la caja a una cómoda de algarrobo, pesada y muy petisa porque una inundación le había llevado las patas. Al llegar al segundo cajón encontró tres cajas de zapatos repletas de pilas vencidas y oxidadas. La mujer, en vida, fue protectora del medio ambiente y no las tiraría. Pero ahora Mariana se tendría que ocupar de todas ellas.
Al ingresar al último cajón, más trabado que los otros, se reencontró con cientos de casetes de Julio Iglesia. Su madre era fanática. La hija la recordaba en la cama, sola, durante horas oyendo a Julio, en alto volumen por su media sordera; y en el otro dormitorio de la casa, a su padre, con los auriculares puestos, leyendo La Nación. Años hacían que sus padres dormían en habitaciones separadas, pero nada aclararon a sus hijos. Eran así, sin explicaciones.
Mariana buscó entre los casetes alguno que no tuviera la cinta cortada para oírlo después, en algún aparato viejo y se topó con la canción que tanto le agradaba. La tarareó moviendo sus caderas en estado de encantamiento, como si bailara junto a su madre: ayayayay ayayayayay
Agua dulce Agua salá
Bendita la vida Te quita y te da

Retornó de la ensoñación a su agria labor y en el fondo esquinado del cajón halló un paquete extraño. Era una bolsa de tela gruesa, atada y ajustada con cordones, los desató y sacó un objeto muy envuelto con papel tisú y papel manteca, no identificable al tacto ni a primera vista. Luego de maniobras de desenvoltura, asomó, muy bien conservado, negro, un consolador.
Mariana lo palpó con recelo, lo relojeó y fue poniéndole distancia a esa cosa extraña que tenía entre manos. El dormitorio comenzó a girar a su alrededor y ella quedó paralizada, con la pistola en la mano, en medio de toda esa muerte desordenada de trastos viejos,.Cuándo lo habrá comprado, habrá ido ella o mandó a una amiga, imposible, eran todas unas marmotas, las tías menos, mamá fue la más valiente y por mucho. Imaginó a la tía Antonia, solterona y virgen, con el pendorcho entre las manos. Esa tía fue el último muerto que Mariana vería, había jurado no acercarse a otro, a la tía Antonia le habían pegado los labios con La Gotita. Te callan hasta después de muerta, había comentado su madre.
Decidió que su mamá en persona lo compró. ¿Cómo averiguó dónde? Ni yo sé donde venden estos juguetes. Mamá no tenía Internet ¿habrá tenido canal porno? Se la imaginó entrando al negocio, eligiendo, pidiendo uno mediano, aunque este se veía grandecito. Y porqué negro ¿habrá tenido muchas ganas? no parecía. Sacudió los pensamientos. Prefirió seguir imaginando a su madre caminando por las calles con el bulto en la cartera, entrando a su casa con cara de idiota, pasando al lado de su esposo con cara de más idiota y a sus espaldas sacarle la lengua, como la había descubierto haciéndolo, más de una vez.
La joven lo volvió a estudiar. Tenía lugar para pilas, era vibrador. Miró el segundo cajón de la cómoda y tragó saliva.¿Hasta cuándo lo habrá usado?
Entre suposiciones y mientras se dirigía a la caja de residuos, observó en el piso una propaganda de Cinemaster y recordó aquella tarde que invitó a su mamá al cine y que la rechazó porque vendría de visita su amiga doña Consuelo. Pero Mariana nunca conoció a esa amiga que la madre solía nombrar; en realidad nadie la había visto y sin embargo le había comentado: Consuelo es mi amiga íntima y la más divertida, siempre está dispuesta a todo. La joven sonrió profundamente. Mamá era un ¡Genio! hay que levantarle un monumento y clavar esto arriba, no quiero pensar en las caras de mis hermanos cuando les cuente.
Y cuando se disponía a arrojarlo sintió un cosquilleo en la oreja, un susurro. Retrocedió. Buscó un papel de regalo, lo envolvió con prolijidad, le agregó un hermoso moño, y se dirigió a la caja que iría al geriátrico. Buscó el sacón más moderno y colocó el consuelo en el bolsillo interno. Estaba segura que alguna viejita le daría buen uso y que su madre querría compartirlo, porque su mamá era muy generosa y sobre todo solidaria con las necesidades de las mujeres.

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