¡Hay equipo! (Pablo Eduardo Albarello)

– Lo que digo es lo siguiente: hasta ahora la vimos siempre de afuera, puteamos, gritamos hasta quedarnos afónicos, ¿y cuáles fueron los resultados?
El que hablaba estiró la mandíbula hacia el resto con la mirada encendida, el grupo de padres formaba un círculo apretado en el centro del vestuario.
– Tres años seguidos llegando a la final y tres derrotas. ¿Cómo hay que explicar eso? ¿Es la casualidad? ¿El azar?
Gustavo Ducasse era un exaltado, en las reuniones del colegio era igual, trataran el tema que trataran discutía con la directora, le levantaba el tono a las docentes, se paraba y comenzaba a arengar y ya no había forma de calmarlo.
– ¡Podrido! ¡Más que eso, re podrido, estoy! Por eso llegó el momento de darle un corte a esta historia.
Desde el exterior llegaban las voces de las familias y del público reunido en torno la canchita del Colegio Santa Elena. En el largo banco de madera que ocupaba todo un lateral del vestuario, la vista clavada en el piso, mudos y a medio vestir, permanecían los chicos.
– A nivel docente, digo yo, algo se está haciendo mal, algo evidentemente no funciona. Tu chico, por ejemplo… -Ducasse clavó los ojos en los de José Dulbeco:- Es un buen pibe, lo vengo observando desde sala de cinco, siguiéndole la evolución: generoso con la pelota, desequilibrante de mitad de cancha hacia adelante, pero –sin ofender- no le corre sangre por la venas, no tiene mística, pareciera que se aburre.
El juicio sumario hizo pestañear al papá de Mati Dulbeco, consciente de la dureza de sus palabras Ducasse se vio en la obligación de aclarar:
– Ojo, estoy poniendo de ejemplo a su hijo, pero lo hago extensivo a los de todos. El zanguango del mío es todavía peor.
Brunito Ducasse, que enrollaba y desenrollaba en un dedo el cordón de una de sus zapatillas, se paralizó. Un pelirrojo delgadito que estaba a su lado empezó a lloriquear. Su progenitor dio un paso hacia el banco pero Ducasse lo cortó en seco:
– ¡Dejalo nomás! Que aprenda que en la vida no todo es joda, que hay obligaciones, que hay sacrificios. Que tres campeonatos perdidos al hilo son una mancha, una vergüenza que debería atormentarlos por el resto de sus vidas.
De afuera golpearon la puerta, pero el líder pareció no escuchar:
– Por eso alguien en este colegio tiene cosas que explicar. ¡Tutoría Conductual, Gabinete Psicopedagógico! ¿Alguien sabe para qué sirve un gabinete psicopedagógico?
El círculo negó con énfasis, el apoyo encendió aun más al orador:
– ¡Exacto: para una mierda, no sirve para una mierda! O mejor dicho, sí sirve, sirve para pudrir las cabezas de estos nerds sin sangre que hoy tenemos como hijos. ¡Con lo que cuesta este colegio de mierda yo quiero un campeonato! ¿Es mucho pedir un campeonato?
– ¡No es mucho pedir! –lo apoyó Vaninetti, un cincuentón entrado en carnes que parecía estar bebiendo sus palabras.
– Por eso, caballeros, como decía al comienzo: los invito a enfrentar la situación. Más que eso, los invito a cambiar la historia…
Volvieron a golpear con más insistencia y esta vez Ducasse se avino a responder:
– ¡YA VA!
Los miró uno a uno a los ojos:
– ¿Estamos de acuerdo?
– ¡Estamos!
– Entonces hay que actuar rápido: en ese bolso hay un juego de camisetas. Espero que no les moleste, son de “los cascarudos”, mi equipo de veteranos.
Los chicos seguían en el banco de madera, inmóviles; Vaninetti y otro padre de apellido Martino comenzaron a distribuir las casacas, eran camisetas blancas con vivos rojos. Un calvo con pinta de cajero de banco se sacó la corbata, el saco, la camisa y las colgó prolijamente de un gancho adherido a la pared, el padre del pelirrojo que aún lloriqueaba puso el celular en vibrador y se inclinó para meterse las botamangas del pantalón dentro de las medias, Vaninetti y Dulbeco se habían subido las suyas hasta las rodillas y se masajeaban las pantorrillas.
Mientras se preparaban, Gustavo Ducasse sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, se ubicó en el centro y lo abrió: la hoja mostraba un dibujo con círculos y flechas hecho a las apuradas. Las cabezas volvieron a reunirse en círculo.
– Vamos a salir con un esquema 3-2-1 hasta ver qué tienen para ofrecer ellos, después vemos si modificamos. Usted, Vaninetti, que está unos kilos arriba, va al arco; Ordoñez y Martino me agarran los laterales, Salvatierra de central. Dulbeco de enganche, y vos, que tenés zapatos con suela de goma te ocupas de barrer el medio. Yo estoy con un tirón en un gemelo así que voy a ir de punta. ¡Vamos, caballeros, los quiero encendidos, necesitamos un triunfo! ¡Hay equipo, hay equipo!…
– ¡HAY EQUIPO! –corearon los demás.

Sin que nadie lo dispusiera se encolumnaron de cara a la salida moviéndose en el lugar, cuando se abrió la puerta los chicos todavía continuaban en el banco, lívidos y compungidos. La escuadra salió en fila, los padres que iban adelante comenzaron a trotar. Tras la baranda metálica que rodeaba la canchita se escuchó un murmullo de asombro, en el arco más alejando, correteando, despreocupados, esperaban los alumnos del tercer grado C del Colegio Santa Cecilia, el equipo rival.

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