La conjetura de Flores (Fabricio Neri Devalis)

Riguroso espejismo aplaca la mirada absorta de Jesús Flores.
(Dicho espejismo queda omitido y librado al lector, problema adquirido para aquel que carezca de vicios imaginativos.)
Acción siguiente Flores, humanidad rústica de fino vestir, como si estuviese bajo los efectos de una visión perturbadora se dirige en un andar recto tanto vertical como horizontal hacia un local de saldos editoriales, ubicado tímidamente en la calle Acevedo esquina con un local de quesos y fiambres.
Un librero judío intenta mostrarle algunas oportunidades irrepetibles para su lectura, Flores a pesar de seguir sumergido en su aislado acuario de confusión no ahuyenta su cortesía negándose con buenos modales a tales hospitalarias sugerencias.
Salteando las bateas desordenadas donde se encuentran en reposo caduco las revistas de diversas índoles, busca en los estantes un patronímico que acudiera sin ningún recato a su atención, sorteando lentamente a mirada rasante los lomos de los libros.
Los minutos sobrepasaban su noción del tiempo en el sucucho literario de Villa Crespo. Mientras que de soslayo, como un polizón, se iba entrometiendo un atardecer ciudadano despertando los relojes de las farolas callejeras que dan paso a la fosforescencia mundana del mercurio.
Flores, en su flemática búsqueda de motivación, ya se encuentra revisando los estantes próximos al gastado solado de mosaicos calcáreos con motivos que lindan a una expresión art deco. Tal acción lo abstrae de reparar en la mujer que se encuentra a su diestra buscando en los estantes superiores algunas editoriales ya fenecidas que ofrecieron su labor a la difusión de la mitología clásica. Al incorporarse con ahínco, contrarrestando la abulia que sigue al fracaso, golpea el bolso de cuero que colgaba sobre el blanco e izquierdo hombro de la mujer.
Ella exclamando un ahogado y suave ¡hay!, lo cual con acto reflejo Flores responde con sus disculpas, instantáneamente que la mujer asiente con una sonrisa. Siguiendo en los pequeños segundos que suceden a estas situaciones donde la razón aparenta desaparecer; Flores flexionando su cuerpo en forma elegante recoge un objeto, precisamente un libro. Con el reconocimiento espontáneo de sus educados ojos a las palabras impresas se le incorpora al rostro una expresión similar a la del comienzo de este relato. (Con la salvedad que el lector no tendrá que imaginar causa u orígenes de la misma).
El libro, no orgulloso de su diseño, era una edición compacta a duras penas por una editorial que declaraba el nombre de “El batiscafo de Pueyrredon”. El titulo estampado en dicha portada aclamaba “La cierta vida de H. Bustos y Domecq”. (La vida de dos hermanos confinados a la clandestinidad) .
Desechando formalidades y adelantándose en un gran paso a las orillas de la impertinencia, Flores hace uso de su voz en comentario.
– No sabía de estos cuentos.- señalando el título.
-¡Perdón!- exclama la mujer dejando en su voz una brisa permisiva que seguramente sobrepondrá un futuro viento en popa.
-El libro, señorita, no lo conocía-
-Mis disculpas…. Que son interrumpidas por el librero que amablemente los invita a volver antes de derramar un saludo expeditivo.
Desorientados con la rapidez que se encontraron en la vereda y el sonido de una cascada metálica a sus espaldas al mismo tiempo que quedaban a oscuras y el librero salía por una pequeña abertura en la cortina de seguridad del local.
– Debo irme señor……….?
– Flores, Jesús Flores-
– Debo irme Señor Flores. Vivo en Banfield y usted ya sabe esta ciudad…- deja flotando el final transparente en sus labios. Que por primera vez Flores en una intuición ocular se detiene en ellos.
-Perdón que insista, no conocía el libro, es una recopilación de cuentos?-
-No señor, es una biografía, de mi padre y mi tío precisamente.
-Señora, permítame discurrir en contraposición, todos sabemos que H. Bustos Domecq es fruto de la conspiración inventiva de Borges y Casares.
-Señor Flores, usted está hablando con un montón de palabras salidas de artículos literarios que continúan, en ocasiones, las ficciones de los propios libros. Tengo que irme. Sin más cortesía derrama un adiós.
Y se pierde en su caminar por la calles de la ciudad como una foto en el mar.
Los plátanos que joroban las veredas de la calle Acevedo cobijan un cielo a la proporción de los transeúntes. Flores comenzó a caminar. De momentos dudaba si camina por las veredas o sus recuerdos pero lo sobreponía un pensamiento que lo recortaba de la ciudad, que le provocaba una forma airosa a sus movimientos y una sonrisa socarrona. Un exhalar resolutivo le hace decir en voz alta
– Siempre le dije a mi vieja, Borges y Casares eran mentira… eran mentira.

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