Dificultades técnicas (Francisco Javier Angulo)

En el 78 me enamoré de un androide. Denominado técnicamente Proyecto de Autómata Ciber-Orgánico, para mí se convirtió en Fran. A pesar de ser un prototipo, su dotación era magnífica en todos los sentidos, tenía una fuerza colosal, absoluta disposición para realizar todo tipo de tareas y una textura epidérmica de látex muy lograda. Los ingenieros apostaban por una vida útil no inferior a cincuenta años. Yo contaba con treinta y cuatro y una posición económica suficientemente desahogada para garantizarle buen mantenimiento y una holgada provisión de recambios.

Los primeros cuatro años pasaron como un suspiro. Los fines de semana salíamos a pasear. Fran lucía una figura estupenda y cualquier trapo le sentaba de fábula. Fingía cenar conmigo en los mejores restaurantes y no nos perdíamos ni un solo estreno en los cines del centro. Aún recuerdo ese fulgor que desprendían sus ojos de cristal de roca cuando ya en casa se conectaba a la red y hacíamos planes de vacaciones. Yo caía rendida al arrullo del zumbido de baja intensidad de su pecho en el modo de ahorro de energía. Nunca renunciaría a aquello.

Un sábado de octubre del 82 se abrió la vía de agua que acabaría por hundir la nave. Estrenaban Blade Runner, basada en la novela de Philip K. Dick “¿Do Androids Dream of Electric Sheep?”. Tras la escena de “lágrimas en la lluvia”, una de las últimas, supe que me había enamorado de manera fulminante de un replicante Nexus-6. Cuando salimos del cine llovía y mi mano colgaba flácida del antebrazo de Fran.

Los agradables ronroneos de los relés se convirtieron paulatinamente en ruido, en chasquidos inoportunos, en chirridos estridentes. Se espaciaron nuestras salidas y en el 91 un póster del T1000 de metal líquido de Terminator 2 desnudo lucía sobre el cabecero; solo observándole conseguía estimularme. Fue la última película que vimos juntos.

Mi desinterés se transformó en desdén y los recambios dejaron de llegar regularmente. Fran mostraba hematomas de orín bajo el látex en las articulaciones y su habla se volvió espesa. Sus torpes movimientos le provocaban frecuentes caídas y su cráneo oxidado asomaba bajo las guedejas del pelo sintético.

No acababa de morir, así que en agosto del 98 decidí griparle disolviendo azúcar en su lubricante y manipulando el adaptador del enchufe. Chisporroteó, y un líquido viscoso se descolgó en espesos goterones desde sus labios emulando a Bishop, el científico de Aliens. Hacía un calor pegajoso, así que le despiecé en el porche armada de una radial. Con la ayuda de dos vecinos, cargué los restos metales en el maletero del 4×4 y conduje hasta el contenedor del punto limpio. Su pie derecho se encajó en la pantalla rota de un televisor creando un efecto muy particular.

Transcurridos seis meses desde nuestra ruptura recibí el ansiado envío de la Tyrell Corporation: Un Nexus-6 de carne y hueso calcado a Rutger Hauer. Debí imaginar que el parecido no se limitaría a su aspecto físico. Su nula docilidad solo me ha traído complicaciones y he soportado más allá de lo tolerable sus desvaríos trascendentales. Yo no he visto “atacar naves en llamas más allá de Orión”, ni “Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser”; él tampoco me vio venir por detrás cuando le estrellé en el occipital la peana de una exprimidora Zumex Essential Pro.

En algunas versiones alternativas de Blade Runner el cazarrecompensas, Rick Deckard, es asimismo un Nexus. De haberlo sabido habría encargado uno igual que Harrison Ford. Ahora tengo un coloso de 110 kilos tendido en el salón que de ninguna manera puedo desmembrar delante de los vecinos.

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