El truco (Luciano Rodríguez)

Siempre pensé que sería un gran mago. Nunca creí que haría desaparecer a mi abuela. Aquel trágico domingo habíamos ido, como solíamos hacer todos los domingos, a casa de mis nonos. Una vez comido el asado y devorado el tiramisú que había hecho mi tía, e incentivado por mi tío que amaba estas cosas, desplegué ante mis familiares mi kit completo de magia. Contaba, entre otras cosas, con un juego completo de dados, cinco pelotitas rojas (de las cuales dos en realidad eran medias esferas), tres pañuelos de colores, dos mazos de cartas tradicionales y uno trucado, incluso un dedo pulgar falso, y la infaltable varita mágica, cuyos poderes reales comprobaría unos minutos después. Empecé con los trucos más simples de cartas, incluido el clásico en el que alguien del público (o sea, mi tío) elige una carta al azar y, después de mezclar el mazo, extraigo la carta elegida del bolsillo de su jean. Luego realicé algunos trucos con las pelotitas, que eran los que más me gustaban, y continué con un difícil truco que involucraba el dedo falso, los pañuelos y una pequeña caja que tenía un fondo falso.

Mi show se desarrolló sin inconvenientes, hasta el truco en el que prendí fuego un billete de cincuenta pesos de mi tío, y lo único que pude recuperar de entre las cenizas fue un chamuscado papel con la apenas reconocible cara de Sarmiento impresa sobre él. Ante tal desgracia, decidí realizar un complicado y arriesgado truco para salvar la función. La hazaña que intentaría era simple en apariencia, pero muy difícil de llevar a cabo: cubriría a alguien del público debajo de mi capa improvisada con un toallón del abuelo, y cuando quitara la capa, los zapatos del voluntario habrían desaparecido. Como era de esperarse, mi tío se ofreció de inmediato, pero su contextura física  no me favorecía. Su gran altura imposibilitaría ser cubierto con el toallón por completo, y dejaría al descubierto sus piernas desde las rodillas hacia abajo. Además, presentaba un par de zapatos que parecían ser muy difíciles de sacar. Ojalá hubiera aceptado su ofrecimiento. En cambio, decidí realizar el gran acto final con mi abuela, que tenía fisonomía más pequeña, y que en sus pies llevaba puestas unas sandalias negras, cuya extracción era mucho más fácil que los zapatos que mi tío calzaba.

Juro por Dios que realicé el truco siguiendo los pasos indicados en el manual que venía junto al kit. Mi abuela se paró a mi lado, la tapé con la falsa capa y le di dos toques en la cabeza con la varita. Sin embargo, cuando levanté el toallón, en vez de aparecer allí mi abuela sin sus sandalias, aparecieron sus sandalias sin mi abuela. Mis familiares no deben haber notado mi cara de sorpresa, ya que todos aplaudieron con euforia lo que creían como una excelente puesta en escena, pero que en realidad había sido un trágico acto de verdadera magia.

Tardé al menos una hora para convencerlos de que la abuela efectivamente había desaparecido, y cerca de dos horas más para hacerles entender que no tenía ni la más remota idea sobre cómo hacer para que regresara. Probamos todo lo que se nos ocurrió, empezando por el procedimiento obvio de tapar las sandalias con el toallón, darles dos toques con la varita y luego descubrirlas. Lamentablemente, las sandalias negras seguían allí sin nadie por encima de ellas. Supusimos que la abuela no había reaparecido porque no había suficiente espacio debajo del toallón, así que repetimos el  procedimiento, pero esta segunda vez, mi tío sostuvo el toallón a una altura razonable sobre el suelo. Contrariando las pocas esperanzas que quedaban, mi abuela no apareció.

Durante la semana, nos reunimos varias veces en casa de mis abuelos para probar rituales y conjurar hechizos que alguno había buscado en internet o que alguien había oído de alguna vieja curandera en el barrio. Nada funcionó. Al domingo siguiente, la familia optó por dejar de intentar regresar a la abuela. Al fin y al cabo, a nadie le caía bien del todo. Ni siquiera al abuelo, quien ya estaba cansado del centenar de quejas que mi abuela le presentaba diariamente. Con el pasar de los días, se dejó de hablar de su desaparición, pero no así de mi increíble e inesperada habilidad como mago.

Mi tío por sobre los demás, me incentivó a seguir practicando, haciendo caso omiso al percance ocurrido aquel domingo. Fue así como, con el correr de los años, me convertí en un excelente y experimentado mago, logrando pararme hoy sobre este escenario, frente a ustedes, pidiendo un voluntario para mi acto final, y ocultando bajo mi capa a quien se ofreció. Supondrán ahora por qué les he contado todo esto, y por qué ha aparecido esta anciana descalza cuando he levantado mi capa, en lugar del hombre que subió hace unos minutos. Esta noche, ustedes, han presenciado un acto de legítima y tangible magia, no como los trucos anteriormente realizados que constan de puros artificios mecánicos e ilusiones ópticas. Esto que acaban de ver, señores y señoras, es genuina y verdadera magia. Espero que lo hayan disfrutado. Si alguien ha venido acompañando al hombre que desapareció, aquí tiene sus zapatos. Digo, por si quiere intentar algún truco o rito para traerlo de vuelta. Yo me tengo que ir ya. Mil disculpas. Tengo que llevarme a mi abuela urgentemente. Mi tío no me va a creer si no la ve él mismo. Esto le va a encantar.

Tambien te puede gustar