La salud de Carlos José y la escopeta del abuelo (Roberto de Bianchetti)

Carlos José no era un tipo muy saludable. Los huesos le rechinaban hasta cuando dormía. El pecho le dolía desde el esternón hasta el esternón dando la vuelta por la espalda escoliótica. Tosía más que Margarita Gautier, y había temporadas en que iba al baño dos o tres veces por hora y temporadas que sólo lo hacía cada año bisiesto. Pese a los mocos, estornudos, retorcijones, hemorragias nasales, palpitaciones y cefaleas, él nunca se quejaba, era complaciente con la vida, es decir, era un tipo medianamente feliz. Lo único que pedía era vivir lo suficiente como para morirse.
Pero Carlos José era casado.
Una mañana, mientras apagaba lo último que le quedaba de su toscano matutino en lo último que le quedaba del fernet del desayuno, leyendo entre carcajadas y carrasperas las necrológicas del periódico del día, escuchó a sus espaldas:
– O te curás o te curo.
Era su adorada mujercita que apoyaba dos gélidos caños de hierro ahí en ese lugar de la nuca donde los metales suelen provocar escalofríos. Empuñaba la antigua escopeta con la que el abuelo de Carlos José, intentando destrabar el díscolo gatillo, se voló una ceja, una de aquellas frondosas cejas que él y su padre heredaron. Con aquella ceja ancestral el viejo perdió un ojo, el lado derecho del hueso frontal, un poco del parietal y buena parte de la masa encefálica, y también, no hay por qué ocultarlo, el reverencial respeto que había sabido ganarse entre los miembros de la familia.
Carlos José, conminado por la advertencia de la esposa, inició un largo derrotero con la Cartilla médica de la obra social (capital y zona oeste) bajo el brazo, pese a estar convencido de que la mujer lo había amenazado con una escopeta inofensiva y descargada.
Comenzó con la visita a su pediatra de cabecera. Divina mujer ella, ya tan entrada en años como kilos entrados en ella.
Luego del chequeo de rutina, no sin cierto asombro, exclamó:
– ¡Y todavía estás vivo, mirá vos!…
La doctora, movida más por la posibilidad de publicar en la prestigiosa revista “Strange Human Monsters” que por cumplir con el juramento hipocrático, ordenó una serie de estudios, análisis e inteconsultas. Al despedirlo con los ojos humedecidos y el rimmel descorrido, le regaló a Carlos José un vale gratis por una extremaunción en la parroquia del barrio.
El hombre se puso en marcha. Lo primero, fue el dentista.
Con diez dedos dentro de la cavidad bucal, el tubito para chupar saliva, el espejito, los kilos de algodón, el ganchito puntiagudo, el soplador de viento frío, el torno, las pinzas, la llave inglesa, la pico de loro, el taladro y el martillo neumático, intentó contestar aquella advertencia tradicional del manual del buen odontólogo: “si sentís una molestia, avisame”, pero a Carlos José sólo le salió como respuesta un “auughhhjjjfffsss”, tan parecido al gruñido de un hombre de cromagnón al que le han pisado un órgano delicado. Carlos José había querido decir: “ahí, justo donde me tocaste, tengo un tantito de sensibilidad”.
Lo segundo, fue resonancia magnética, tomografía, ecografía y rx de todo. A la noche, al retirarse de la “Clínica integral de diagnósticos patológicos con alertas rojas” notó con cierta curiosidad estar un poco más fosforescente que antes.
Lo tercero, los análisis.
Los de sangre eran tantos, que tuvo que negociar que le extrajeran en doce cuotas sin interés. Con el de orina, se preguntó si era su pulso o sí la boca de los frascos las hacen cada vez más estrechas.
Después, el cardiólogo, dermatólogo, el neumonólogo, el neurólogo, el gastroenterólogo, el hepatólogo, el nefrólogo, el podólogo, el bolólogo, el pitólogo y una astróloga. Ésta última ante un nuevo pedido de la esposa (de nuevo con escopeta en mano), para saber si en “amor”, la pitonisa le predecía algo así como “problemas sentimentales: su mujer escapa con un millonario fisicoculturista”.
Y lo último, el proctólogo (aquí es donde el lector debe hacer una mueca y dejar escapar un “ugggh”).
La cosa ya le pintó mal cuando al estrecharle la mano Carlos José se percató de que el especialista tenía los dedos más largos que el dedo medio de E.T. y más gordos que el pulgar del Increíble Hulk.
Comprobó con estoicismo la veracidad de aquella afirmación popular que repiten los viejos sabios del club social y deportivo: la vida es una rueda y todo vuelve a donde había empezado. Efectivamente, acurrucado culo al aire en la camilla, sintió a ese violador con licencia llegar con la resolución que sólo mueve a los locos y a los fanáticos, hasta el inicio de toda aquella sufrida aventura: a una amalgama que había colocado días atrás el dentista.
– No fue tan grave – dijo para sí – , lo único que jode de envejecer es ser más viejo.
Y fue tomando su licuado matinal de jugo de zanahorias, nueces y aloé vera, que Carlos José descubrió la escopeta del abuelo olvidada por su esposa en un rincón de la habitación. Recordó al viejo. Se le dibujó en la cara una tierna sonrisa. Abrió el placard para guardar la vetusta y distinguida arma, pero antes de devolverla al penumbroso fondo de la historia, se preguntó qué le habría pasado a aquel oxidado gatillo que había preocupado tanto al desdichado anciano.
Carlos José, ya casi sano y casi sin dolores, se voló la frondosa ceja…

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