Un amor incomprendido (Ariel Díaz)

Había terminado de leer un cuento ante un grupo de escritores con los que me reúno cada semana.

— No te ofendas, Ariel, pero tu relato tiene tantos adjetivos que me choca, me desconcentra y no puedo seguir la narración. —comentó una compañera. Todos asintieron con un movimiento de cabeza en señal de que compartían el juicio.

A pesar de que, mientras leía notaba que los adjetivos se me escapaban con demasiada fluidez —yo lo llamo vuelo poético—, la respetuosa crítica me conmovió y, cuando regresé a casa, me puse a pensar si no tendría razón, al mismo tiempo que me preguntaba cuál sería el origen de ese cariño. Recordé entonces cómo me llamaba mi madre:

— Arielito, precioso, mi tesoro adorado, hermoso, bonito, gracioso, lindura, mi hijito querido.

O lo que me decía papá:

— Desgraciado, sos malo, mentiroso, burro, vago, haragán, sucio, torpe, contestador, cabezón, desobediente y malcriado.

Por prudente no quiero mencionar la unánime y variada adjetivación que recibía de los compañeros de equipo cuando en los picaditos erraba el penal que había insistido en patear.

En mis fantasías infantiles asociaba los verbos con el movimiento, la actividad; posiblemente porque los primeros maestros me habían enseñado que se llamaban “acciones”. Disfrutaba de correr, saltar, jugar al fútbol, a la mancha, mi actividad era constante. Los sustantivos eran las cosas que se podían ver, tocar. Nunca me sentí apegado a los juguetes, a las cosas materiales. Los adjetivos eran las cualidades y los relacionaba con lo espiritual. Quería ser bueno, obediente, atento, complaciente, gentil, solidario, comprensivo, aplicado, educado, servicial, trabajador. Rezaba cada noche, me confesaba los domingos y oficiaba de monaguillo en la iglesia cercana. De allí mi afinidad con los adjetivos y los verbos; y mi desprecio por los sustantivos.

Siempre me costó quitar un adjetivo; sentía que la narración perdía la poesía original, era como si esa palabra —tan querida y empleada en mi escritura—, desapareciera en forma definitiva. Y me sentía un asesino, un auténtico adjetivicida.

¿Qué habría sido de Borges si Funes no hubiera sido memorioso, si las ruinas no hubieran sido circulares, si la noche no hubiese sido unánime, si el fango sagrado hubiera sido barro, si el flanco de la montaña no hubiera sido violento?

¿Julio Cortázar habría llegado a alcanzar su merecido reconocimiento si las armas no hubieran sido secretas, si la puerta no hubiese sido condenada, si la flor no hubiera sido amarilla, si la casa no hubiera sido tomada, si no hubiese sido espaciosa, antigua, profunda, silenciosa y limpia, si ambos protagonistas no hubieran mantenido un simple y silencioso matrimonio de hermanos y si no pensaran que cuando muriesen, vagos y esquivos primos la heredarían?

¿Cuál habría sido el destino de Gabriel García Márquez si Macondo no hubiera sido una aldea ordenada, laboriosa y feliz, si no hubiera sido levantada a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos y si la imaginación de José Arcadio Buendía no hubiese sido desaforada?

No puedo dejar de mencionar a un hito de la literatura española, al genial Cervantes. ¿Habría llegado a ser tan reconocida su obra si el hidalgo no hubiera sido ingenioso, su lanza justiciera, la adarga antigua, el rocín flaco, el galgo corredor y el escudero fiel? ¿Habría alcanzado tanta difusión la célebre batalla contra los molinos de viento si el capítulo que la describe se hubiera llamado con este nombre —demasiado simple a mi entender—y no “Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación”?

¿Quién puede negar el valor poético de las palabras que don Miguel pone en boca del Quijote cuando éste imagina cómo será contada su primera salida como caballero andante? Así la concibe: “Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel”.

Me inclino reverente ante la maestría de este arquitecto de la lengua.

— Necesito dinero para comprarme un vestido, zapatos y un abrigo. No tengo qué ponerme.

(Esa fue mi mujer.)

— Viejo, me quedé en la lona. Tirame unos pesos que hoy salgo con la barra.

(Ese fue mi hijo.)

¿Se dan cuenta? Todo tangible, material. Sustantivos. Ni un adjetivo. Nada de amado esposo, papito querido, vos que sos bueno, comprensivo, tolerante, cariñoso… No, mi mujer no es así. Mi hijo, menos.

El apego de mi familia por los asequibles sustantivos ha llegado a un grado tal, que se adueñaron de todos; no dejaron uno solo de muestra. Entonces terminé de entender mi desprecio por las cosas materiales y mi desmesurado, inequívoco, prodigioso, ingobernable, quizás algo exagerado, amor por los adjetivos.

 

Un domingo de madrugada, durante una deliciosa duermevela, escucho un rumor que se acerca a la cama. Con lágrimas en los ojos descubro a evanescente, a prodigioso, a solidario, a desmemoriado, y a tantos otros que fueron los compañeros incondicionales que me acompañaron en numerosos relatos. Me llevan en andas en un remolino vertiginoso, una vorágine desatinada, un torbellino impetuoso. Lucho a la par de ellos con­tra la mediocridad inadjetivada, combato y elimino a los pequeños seres de lenguaje paupérrimo, a los insaciables sustantivos materialistas, a los prosaicos epicúreos contaminados. Finalmente, mis amados adjetivos me depositan en una habitación blanca, inmaculada, luminosa, cómoda, acogedora, de paredes y piso acolchados. A través de un parlante, escucho una voz que pregunta:

— ¿Cuándo comenzaron los síntomas?

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