Gimnasio (Claudia Elsa Costanzi)

Entusiasmada, voy de lunes a viernes al gimnasio desde hace dos meses y medio. Razones me sobran para concurrir a ese salón repleto de colchonetas y mancuernas, espejos y música estridente, bicicletas fijas y barras. Pasa que a mi edad no hay que descuidarse.
Pocos saben que cumplí los cincuenta porque estoy en forma, aunque mi hijo mayor –transita por los veintiuno- apuntaría ante tamaña afirmación: “¿En forma cilíndrica o de qué?, ¿de conga quizá?”, aludiendo a ese instrumento musical de percusión de aspecto abarrilado. Diga lo que diga mi retoño y si bien es verdad que mis hormonas femeninas están emprendiendo su retirada para no volver, de ninguna manera permitiré que las fugitivas se lleven mi cintura ya que, con empeño, trato de prevenir los crueles síntomas y secuelas de la futura menopausia. Debo estar muy alerta si reparo en que mis amigas andan tristonas y desaliñadas por culpa de los sofocos, literalmente se derriten del pecho para arriba, diluyéndoseles el maquillaje y el peinado cuando las asaltan esos bochornos. Tanto transpiran que se mustian paulatinamente por dentro, es como que se escurren, y resulta que no hay líquido que ingieran que las ayude a sobrellevar la coyuntura. Asimismo, perdieron el interés por el sexo, sin embargo, algunas no admiten tal calamidad por orgullo; al respecto, opino que al irse la fertilidad se va la libido, y eso sucede porque la Naturaleza es sabia y no gasta pólvora en chimangos.
Otra de las razones por la que estoy enloquecida -en el buen sentido- con el gimnasio, es a causa de la imponente presencia de un varón moreno de musculatura armónica –nada de piernas flacas colgando, como un par de flecos, desde un torso enorme- que me mira con sus dulces ojos oscuros y me sonríe mostrando unos perfectos dientes perlados. Es de no creer, pero me mira más a mí que a su imagen reflejada en el espejo mientras alza unas mancuernas pesadísimas. Toda una excepción a la regla de los narcisos. Me pregunto qué edad tendrá el adonis: ¿treinta y ocho?, ¿treinta?
Nunca he hablado con él, si bien cierta vez me auxilió al ajustarle el peso a un aparato para hacer ejercicios que benefician –entiendo- a los músculos subescapulares.
Me lo cuestiono –por el mentado tema de la edad- pero no puedo impedirme el pensar en el muchacho, y más cuando me recuesto en la hamaca paraguaya del patio. También recuerdo a mi exmarido, aquel que se transformó en una criatura pegajosa –por no decir en un tipo viscoso- ya que anda con una chica de veintiséis. El sujeto era tan tacaño que a un mismo fósforo lo encendía hasta cinco veces y, para colmo, se jactaba entre los allegados de esa bobada al considerarla una hazaña. Transcurrieron dos años del divorcio y nunca he vuelto a estar con un hombre. Si mi ex sale con una de veinte: ¿por qué no puedo yo con un treintañero? Además, todavía sigo en carrera pero… ¿si después de la menopausia se me van las ganas de hacer el amor para siempre? Tengo que disfrutar el presente, me digo mientras visualizo al chico de piel cobriza y cabello azabache recogido en un rodete sexi. Imagino que se suelta la melena, la sacude, y viene hacia mí con ese andar de tranco largo; fantaseo con sus muslos sudados de a gotitas, sus glúteos respingones, su musculosa húmeda, su shortsito bultero; fantaseo…
Hoy el moreno no me pierde de vista en tanto estira sus brazos; sus pectorales acogedores suben y bajan sugerentes. Me hechiza, me seduce. De pronto, por el rumbo que toman los acontecimientos, abandono mi estado contemplativo y se me hiela la sangre cuando veo que mi hijo entra al gimnasio. Se acerca para saludarme con un “hola” escueto, sin aproximarse demasiado; ahí sospecho que me rodea un escudo invisible y repelente que mantiene a ese ser apartado -mínimo un metro- de mi humanidad. Luego se fusiona con la camilla de abdominales. Sé que el mozalbete detesta las manifestaciones de cariño en público –al menos las mías- así que lo comprendo. Por la noche, en la cena, me informa que comenzó a entrenar en ese gym atento le queda cómodo en cuanto a distancia; me advierte que no interfiera en su rutina deportiva ni con sus nuevas amistades.
En este momento estoy terminando, abnegadamente, con una serie de ejercicios a fin de tonificar los glúteos. Noto que mi hijo en una semana ya sacó unos bíceps aceptables y que yo, en casi tres meses, no logré levantar las nalgas ni un milímetro por culpa de la traicionera ley de la gravedad. Presta, me percato de un acontecimiento que consigue paralizarme justo cuando tengo elevada una pierna. Mi pequeñuelo comienza a conversar con el moreno de mis amores. Se me anuda el colon ascendente y agradezco que me desconozca como su madre en este coliseo.
Horrorizada, me interrogo si se estarán haciendo amigos, pero intuyo lo contrario, puesto me parece que discuten, no obstante no logro escucharlos. Mi primogénito es rejodido de carácter y sé que está furioso. ¿Y si el morocho le ha confesado que le gusto, que lo enamoro?, ¡sería vergonzoso!
Ya en casa, ansiosa indago a mi heredero con suma cautela. Necesito saber por qué reñía con su compañero de mancuernas. Fastidiado, responde algo apuntándome con las escleróticas rojas por la ira; algo de lo que hubiera preferido no enterarme.
No ingiero ni un sólo bocado de la cena, eso sí, arraso con el frasco de dulce de leche y me siento un mamarracho; también decido dejar ese gimnasio para no volver.
Aquí va lo que me relató el nene: “Charlando de boludeces con el chabón grandote, me di cuenta de que te miraba y le pregunté ¿qué onda?, señalándote. ¿Sabés lo que me contestó?: Me parece que me la vuá culiá a la vieja esa, así duela”.
En fin, cuando se está sobre el potro… hay que aguantar el corcovo. Y al mal tiempo… buena cara.

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