Marcianita (José Gabriel Velasco Fernández)

Asiento con la cabeza después de leer lo escrito en la placa de extraño material. Desde hace varios días, lo que ahí anoto constituye la forma de comunicarme con el, digamos, ser, que se presentó en mi cabaña.

*

Vine a este bosque porque me urgía estar solo: mi reciente divorcio de Marianela me había dejado vacío. Apenas llegué, el extraño espécimen se me apareció. No supe si era vegetal, animal, o vaya a saberse qué.  Cambiaba constantemente de forma, aunque siempre existía alguna estructura que me permitía imaginarla rostro. Nunca aquella masa (a veces tallos, palpos y, otras, curvas carnosas de hermoso color y aroma) fue mas alta que yo, ni de mayor volumen. Debí asustarme, pero lejos de ello, me embargó un sentimiento de ternura y acepté su presencia como algo natural, incluso bienvenida.  Traía en lo que imaginé dedos una tablita que puso en los míos. Entendí, no sé como, que podía hacer las preguntas que quisiera. Bastaba con tocar la superficie de la pieza plana y pensar la consulta deseada. Lo hice y las respuestas aparecían, casi instantáneamente, en luminosas letras parlantes. Supe que aquel organismo venía de otra galaxia con un propósito definido. Nada que ver con actitudes antagónicas o desafiantes; su misión era pacífica. Pronto me sentí acompañado por una vieja y querida amiga. El tiempo corrió de manera diferente a lo que hasta entonces conocía. Paseamos cogidos de la mano (o qué sé yo), comimos alimentos (que la criatura proveía sin que yo me enterara de donde los sacaba) y dormimos abrazados (¿abrazados?). Todo era muy raro y, sin embargo, lo aceptaba como si fuera normal. Ni siquiera me admiraba. El sentimiento predominante fue siempre de bienestar. Jamás había sentido tal tranquilidad, certeza y confianza. Ella conocía mi nombre, Antonio, sin que yo se lo dijera. Por mi parte la bauticé como “Marcianita” y  el mote le produjo risa (comprendí que eso eran sus giros y cambios de  color).

*

Acepto la proposición de Marcianita que en realidad esperaba. También ella pues rápidamente se enrosca en mí. Al mismo tiempo inicia otra serie de cambios que en nada me sorprenden. Sus extremidades se multiplican y alargan como tentáculos de planta carnívora. Enrollan mis piernas, tronco y brazos. La iniciativa es totalmente suya, yo no intento actuar por que comprendo el ritual. ¡Ah, pero cómo disfruto! Acaso las sensaciones tengan semejanza con las experimentadas anteriormente, pero éstas son más  intensas y abarcan mi piel toda, incluso ciertas zonas internas. En el centro actual de Marcianita surgen valvas pulposas de color de rosa que emanan aceite de olor desconocido y excitante. Las conchas blandas empiezan a absorber cuanta prominencia de mi cuerpo encuentran. Como cada succión me produce placer las dejo actuar sin aclarar lo que intuyo. Los órganos rosa envuelven, por turno, mis dedos de ambas manos. En cada ocasión los ojos de Marcianita preguntan. No me queda más remedio que ceder y parpadeo. Ella entiende y prosigue su investigación. Arremete con los dedos de mis pies sin éxito; va a la nariz y rápidamente se retira escupiendo mucosidades. Decido resolver el misterio y mi mano derecha queda libre en cuanto hago intento de usarla; apunto con ella mi entrepierna. Los ojos de Marcianita voltean al sitio señalado, emiten radiaciones rojas y dan alocadas vueltas. Luego, las pupilas salen de sus órbitas y, sostenidas únicamente por tallos elásticos, se ubican frente a las mías. Debo nuevamente contestar, pero eso ahora es otra forma del gozo. Los sostenes se retractan. El cuerpo de Marcianita aumenta de volumen y enseguida se adelgaza, como si suspirara. Yo adivino sus pensamientos y sonrío. El instante de duda se desvanece y mi pareja torna a la acción sin arredrarse. Impulsa despacio la ventosa en  torno a su propio eje: parece gato que se acariciara contra la pierna del amo. A cada giro, crece. Cuando adquiere el tamaño adecuado envuelve mi miembro viril. ¡Oh, qué sensación! ¡Qué placer! La sensualidad sube a alturas jamás vislumbradas. ¡Esto sí que es conocer el centro mismo de la voluptuosidad! Siento que se inicia el  proceso de la  eyaculación y lo dejo desarrollarse. Pero Marcianita tiene otra opinión.  La ventosa revierte su accionar: ya no succiona. En este minuto de deleite, inyecta. El flujo de Marcianita se mezcla con mi semen y lo hace retroceder -no sin sensuales forcejeos- hasta un punto situado entre ambos testículos. Forma una bolsita. Todo ello determina el éxtasis que nunca célula mía pudo conocer con anterioridad.  “Fue algo de otro mundo”, me digo. Viene el sopor que también tiene características únicas. Un sueño sin fondo  me vence.

*

Cuando desperté me di cuenta de que me hallaba solo. El perfume de Marcianita se había disipado. Todo era oscuridad. De pronto una luz intermitente llamó mi atención. Se trataba de la tablita de comunicación y tenía escrito un mensaje:

“Antonio, me voy, la misión que me trajo ha quedado cumplida: vas a ser madre del primer híbrido de nuestros universos”.

-¡Madre! -grité.

Impulsivamente abrí las piernas y separé los testículos: el saco entre ellos había aumentado dos veces su tamaño.

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