Cenicienta, la pusilánime, y el príncipe calenturiento (Hugo Alberto Alonso)

Por las calles de un pobrísimo suburbio de Londres, avanza lentamente un impecable Bentley plateado. Los sorprendidos habitantes observan el fantástico vehículo detenerse ante una humilde finca rodeada de calabazas.
Un joven apuesto y de delicados modales ‒príncipe él, sin duda‒, desciende majestuosamente. Lleva en la mano un estropeado borceguí. Los efluvios que emanan del calzado alejan a los curiosos, pero no amedrentan al decidido muchacho, quien llama a la puerta de la finca con insistencia. El último golpe de sus nudillos desploma la frágil madera, y el portal aplasta a un pequeño y nervioso cuzco que, ladrando, sale a recibirlo.
Desde dentro de la vivienda, una muchacha observa la escena con curiosidad. Como hechizado, el príncipe corre hacia esa casi niña. La ve pobremente vestida, pero hermosa, muy hermosa. Ella tiene uno de esos bellos rostros equinos con los que inexplicablemente se excitan los ingleses.
―¡Lo sé, lo sé! ―exclama el príncipe―. Tú eres Cenicienta, la dueña del zapatito. Te he buscado durante meses; cientos de mujeres bellas se lo han probado en vano, pero al fin te he hallado.
―Ya veo ―contesta la muchacha mientras frunce la nariz―, pero…, por favor, no me lo acerques tanto, prefiero seguir caminando con uno solo.
―He venido a proponerte matrimonio ―dice el joven mientras patea con disimulo al perrito que, liberado del portal que lo aplastaba, le mordisquea con rabia los costosos pantalones.
―Pero yo no soy digna de ti, ¡oh!, príncipe ―responde con dulzura la niña―. Soy muy pobre y tú tienes linaje real. Estas cosas no funcionan.
―¡Sí, funcionan, amada mía! ¡Lo he leído en un cuento maravilloso!
―Pero a este cuento lo está escribiendo don Plácido Berenjena, príncipe. Yo, en tu lugar, no me haría tantas ilusiones.
―¡No importa! ¡No importa! Mi amor por ti no hace distingos. La miseria no será jamás obstáculo para un gran amor. Lo leí en el Reader’s Digest.
―Pero príncipe ―insiste Cenicienta―, si yo soy tan pobre que hasta tuve que alquilar el hada.
―¿Por qué escapaste de la kermés aquella noche, dulce Cenicienta?
―Tenía que devolver el hada a medianoche. Cuando las campanas comenzaron a repicar, lo recordé. Las devoluciones fuera de término tienen unos punitorios muy elevados.
―Sube a mi carroza Bentley Super Sport de 4200 cm3 de cilindrada y doble árbol de levas a la cabeza, y escapemos hacia nuestro destino ―le ruega entusiasmado el joven mientras patea con más fuerza al pertinaz masticador de pantalones.
―No sé… no sé… tu familia…
―¡Te aceptarán!
―Es que… tu familia es un poco extraña. Los hombres de la realeza son muy libertinos. Si no, mira a Carlos, siempre cayendo de los caballos y corriendo tras las polleras.
―Oh, Carlos, mi primo. Hay que tenerle paciencia. Fue educado para amar a los súbditos, y comenzó por la rama femenina.
―No sé… mira la vida que le dio a la pobre lady Di. Y la canallita de Camila Parker-Bowles (que en realidad de Bowles no tiene nada) lo ha enganchado a Carlos y no lo larga…
―¡Eso que temes nunca te ocurrirá…! ¡Ay! ¡Ay!… Je, je… simpático el perrito, un poco inquieto, je… ―y deja caer el borceguí sobre la cabeza del animal, que aúlla, pero no suelta.
―¡Oh! Él es Otelling. Se siente un poco celoso. Es la reencarnación de un pretendiente despechado.
―¡Cenicienta, por tu amor estoy dispuesto a cualquier renunciamiento, como tío Enrique!
―¡Oh, qué romántico Enrique y qué elegante, siempre vestido con su traje Príncipe de Gales! Pero tú no renunciarías a la corona, ¿verdad?
―¡Pongo a tus pies toda mi fortuna…! ―grita ya desesperado el príncipe.
―Bueno… pero… he leído en The Economist que en el ranking de riquezas tu familia ha descendido del sexto al decimoséptimo puesto.
―Es que… tía quemó medio palacio y abuela compró tres sombreros nuevos.
―Aún así, no sé… no sé…
Preso de una terrible excitación, el príncipe se arroja sobre la muchacha y mete primera. En realidad, mete algunas cosas más. En medio del torbellino, Cenicienta exclama:
―¡Príncipe, el proctólogo, el proctólogo…!
―¡Mi amor, olvidemos el protocolo…!
―¡Príncipe, creo que no debo…!
―¡Amada mía, yo tampoco bebo…!
―¡Mis primas menores… están presentes…!
―¡No me importa que nos digan indecentes! ―y con un furibundo puntapié manda rodando al insoportable can hasta el medio de la vereda.
Otelling, dolorido, se recupera con dificultad y, puesto nuevamente sobre sus cuatro patas, emprende una veloz carrera hacia el príncipe (que continúa ocupado con sus manualidades), salta y, con una precisa dentellada, atrapa la entrepierna del calenturiento pretendiente. Este ahoga un grito de dolor y escapa desesperado hacia la calle, salta con inusitada agilidad el capot de su lustroso automóvil y prosigue su veloz carrera con el porfiado animal colgándole entre las piernas.
Según algunos observadores, el dúo recorre la Avenida Picadilly en menos de un minuto quince segundos.
Cenicienta lo ve irse y con gesto resignado regresa a la casa masticando una imprecación:
―Me cache en dié con el Otelling. Con este, es el quinto príncipe que me castra.

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