Un Salto (Fernando M. Etchadny)

¿Qué importa que me llame Gustavo Solari y tenga veintisiete años? En minutos sólo seré un pestilente cadáver. Porque, les cuento, estoy parado en la cornisa del piso catorce del edificio en que vivo, acá en Córdoba. Y en cualquier momento, me tiro. Sí, me tiro. Acabo de llegar a la conclusión de que la vida no tiene sentido. Todo es nada.
En una época fui feliz. Tenía a mi novia, Natalia, que me adoraba. “Mi bomboncito de chocolate relleno con dulce de leche”, publicó una vez en su facebook, y nunca supe si era un piropo o un reconocimiento público de que yo era algo malo para ella, por su diabetes. También estaba mi vieja, ¡nos llevamos tan bien! Es una mina re-gamba, a pesar de que su obsesión por la limpieza la llevaba a encerar hasta el cansancio la bañera, provocando nuestras caídas y permanentes visitas al traumatólogo. Ella se separó de papá hace tres años. Él no pudo perdonarle su fanatismo por las telenovelas turcas y ella no le perdonó su fanatismo por las turcas.
Hasta ayer, mis cosas andaban bien, hubiera sido injusto quejarme. Es más, a las doce del mediodía me enteré que había sacado el premio mayor del Loto. Pero la felicidad duró poco, pues apenas empecé a buscar el ticket de la apuesta me di cuenta que no lo tenía. Ni poniendo patas para arriba el departamento pude encontrar el bendito ticket. Y el reglamento es muy claro: “para acceder al premio se debe presentar el comprobante”. En fin, qué se le va a hacer. La vida es así; uno pasa años enteros deseando algo y cuando finalmente lo consigue se le escapa de las manos. Para completarla, me enteré que mi novia me engaña con el del séptimo piso, ese abogado carilindo. Nunca pensé que sería capaz de una cosa así. Me sentí horrible, humillado. En ese momento tuve la necesidad de aferrarme a algo y pensé en mi vieja, su recuerdo me ayudaría a superar la situación. Sin embargo, fue peor. Me di cuenta de que la extraño mucho, demasiado. Ya hace tres años que pasea por Europa y tanto tiempo sin volver me da mala espina. Algo le debe haber pasado. No va a volver jamás. Pensar en ella me deprime, siento como si los gondoleros de Venecia me la hubieran arrebatado para siempre. ¡Es tanta la bronca, la impotencia! Por eso salto. Por eso voy a matarme. ¡En cuestión de segundos! Apenas un minúsculo peldaño me separa del abismo. Cuando lo pase, chau. Y después, que vengan los de Crónica, si quieren.
En estos instantes previos a mi muerte me pregunto qué se sentirá al caer. ¿Seré una pluma arrastrada por el infame destino? ¿Veré la famosa luz de los instantes previos a la muerte? A propósito de la luz, acabo de recordar que dejé el aire acondicionado prendido, ¡con lo que aumentaron las tarifas! Podría volver y apagarlo, así el chico que comparte el departamento conmigo no me tira la bronca cuando le llegue la factura. ¡Pobre! Encima quizás tenga que hacerse cargo de los trámites y los gastos del sepelio, porque es uno de los pocos conocidos que me quedan. Creo que a Cristian no le va a entusiasmar mucho mi muerte. No me costaría nada volver y apagarlo. Pero no, no tengo ganas. Quiero tirarme y acabar con esto de una vez. ¡Qué se vaya a la mierda mi novia, que se case con el tipo ese si quiere! ¡Y mi vieja también, estoy harto de esperarla mientras ella se baja
pizza tras pizza y compra calzones en la via Venetto! ¡Qué no vuelva más! Y el premio del Loto que se lo quede el estado, que nunca tiene un mango y siempre anda llorando miseria. Nuestros funcionarios sabrán hacer el bien con esos millones. Por eso, me voy preparando… Dejo de apoyar la espalda, adelanto un pie y… ¡ahora!
¡¡¡Aaaaagh!!! ¡Es imposible describir esta sensación! Ya caí un piso y esto resulta más impresionante de lo que creía. Mi adrenalina sube y baja, enloquecida, y mi corazón brama como si presintiera que en pocos segundos más se queda sin trabajo. Mi cuerpo ha girado un poco, ya no caigo derecho. Mi cintura está a un metro de distancia y diviso algo blanco que asoma desde el bolsillo. Lo agarro de un manotazo. ¡Si supieran amigos, lo que es! ¡Sí! ¡El comprobante del Loto! ¡Si seré boludo! ¡Con razón no lo encontraba! ¡Cómo no se me ocurrió que podía tenerlo en el bolsillo! Pero ya no es posible volver atrás. Además, la guita no me va a hacer olvidar de mi vieja y de la traidora de Natalia.
Acabo de pasar el noveno piso y estoy por llegar a la mitad del recorrido. El aire fresco me raspa la piel y mi corazón sigue endemoniado. Ahora voy por el séptimo piso y no veo nada ni… ¡Esperen! ¡Sí estoy viendo a alguien! ¡Es ese abogado fachero! ¡Le está ofreciendo un anillo de casamiento a una mujer! ¡Y no es Natalia! Entonces… no me engañaba nada. ¡Noooo! Eso me pasa por confiar en los chusmas del edificio. Por lo menos me queda el dolor por la ausencia de mi vieja.
Sólo tres pisos más y llego. Nueve metros me separan del golpe final. Me conviene girar un poco para caer mirando a la calle, aunque ¡para lo que hay que ver! Solamente un taxi sobre la vereda y una señora que está bajando. Aunque… me resulta conocida. ¡¡Sí! ¡¡Es ella!! ¡Mami! ¡Vieja! ¡Qué macana! ¡Tenía que volver justo hoy! Pensar que ella está bien arreglada y a mí me va a encontrar desfigurado. En fin, nunca fui bueno para recibir visitas.
Y ahora lo sé, todo fue inútil. La decisión, la caída. Y será inútil también esta puerca muerte. ¡Me muero al reverendo pedo! Pero ya es tarde. Estoy a un metro del porland y voy a estrellarme. Sólo un instante y llego… ¡¡¡Aaaaagh!!!

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