Mis días con Lulú (Rodolfo Piovera)

-Lo que me fascinaba de Lulú era su manera de hablar y cómo ordenaba los muebles. Hablaba a borbotones con frases terminadas en una vocal que casi siempre era la u, aunque no fuera la u pero sonaba como la u. La frase –si se pudiera hacer un gráfico con ella- era como una sinusoide, una serie de montañitas con el trazo final para arriba. Y dije de los muebles, y dije de los muebles porque los ordenaba en medio de un desorden nuevo cada día; la biblioteca un día estaba en el rincón junto a la ventana y mañana al costado de la puerta, la mesa baja quedaba en el centro pero a la tarde en un costado. Cada día era un desafío buscar las cosas donde creía que estaban ayer. Después, después utilizaba palabras poco usuales como vertedero en lugar de pileta del baño, inane para calificar un comentario, rogativa para referirse a una petición. Lo demás, vértigo y angustia; porque Lulú nunca aseguraba nada y menos la fidelidad. Decía que no era un perro y que si pretendía la conducta de un perro que comprara uno, eso decía. Soporté sus metamorfosis con calma porque me deslumbraba su cabello cortito casi masculino enmarcando una cara perfecta, su delgadez, sus pechos apenas insinuados. Por eso toleré que el departamento se llenara todos los días con aquella música tribal, esos cantos de no sé qué grupo vocal africano, esos discos de Ravi Shankar, esas letanías chinas… Resistí a niveles de faquir no poder ver jamás un partido de Racing por televisión, aparato que odiaba, desenchufó y mudó para la piecita del fondo colocándole arriba una maceta con cierta planta cuyo nombre jamás pude retener. Padecí hasta la tortura que se paseara desnuda por la casa con las ventanas abiertas de par en par sin que me permitiera la menor de las críticas.

Disimulé con paciencia oriental que no me dirigiera la palabra a veces por semanas sin darme mayores explicaciones. Sufrí como un árabe en el Pentágono no comer carne porque ella era una vegetariana de las más extremistas. Sobrellevé con estoicismo que a veces se dirigiera a mí llamándome gusano o peatón o cuáquero. Aguanté hasta lo que no pude sus visitas, mujeres como ella, discípulas diría, una más loca que la otra, sucias algunas, turras todas, cuchicheando a mis espaldas y mirándome siempre con una sonrisa en los labios como cuando se mira a un payaso. Transigí con aquello de la fiesta de disfraces en lo de Leandro, un pintor trolo amigo de ella, a la que tuve que concurrir vestido de mujer y ella de hombre porque esa era la consigna. Lo peor fue el regreso: no quiso saber nada de usar el auto y exigió que volviéramos en el colectivo para mi mayor oprobio. Pené y callé; tragué saliva y permití; condescendí y experimenté mil y un padecimientos con tal de seguir disfrutando de su manera de hablar, de su modo de desordenar los muebles. Hasta que un día los quemó y reemplazó por alfombras como en las tiendas de los tuaregs. Lo dejé pasar… Otra vez se colocó un piercing en la lengua que le produjo una infección que la puso al borde la muerte. Seguí con Lulú hasta que no pude más. En realidad hasta que ella no pudo más, porque fue ella la que se fue una mañana. Entonces conocí a Mirta, la bióloga. Volví a comer churrascos de cuadril, ver fútbol por televisión y escuchar música occidental. Los muebles no variaban de ubicación de la noche a la mañana y nadie se paseaba en bolas con las ventanas abiertas. Mirta era el anverso de Lulú: cabello largo hasta la cintura, gordita y con unas tetas descomunales. Además, no hablaba a borbotones ni me llevó nunca a una fiesta travestido. Era feliz. ¿Era feliz? Eso creí al principio, cuando todavía no conocía a sus parientes ni a sus quinientos sobrinitos, una más hincha pelota que el otro. Hasta que se me empezaron a pegar los pantalones con caramelos masticados cada vez que me sentaba en el sillón, hasta que empezó a pasar discos de Los Nocheros todas las tardes e insistir que la acompañara al cine a ver la saga del agente 007. Hasta que se le hizo una norma eso de interrumpirme cada vez que leía en la cama, hecho grave si tomamos en  cuenta que lo hacía para comentarme una nota de Cosmopolitan. Además, no fumaba, no bebía alcohol y le molestaba cuando tocaba la guitarra… Te la hago corta: el que se fue fui yo….

-¿Terminaste?

-Creo que sí.

-¿Y ahora que vas a hacer?

-¿No te conté? Estoy viviendo con otra mujer.

-¿Con quién?

-Una mina muy piola, con mucha experiencia. Además, está remetida conmigo.

-¿Edad?

-Veintidós años.

-¡Una niña!

-No… veintidós años son los que me lleva. Tiene sesenta y siete.

-¿Sesenta y siete?

-Sí. Casi sesenta y ocho porque cumple la semana que viene. Pero se conserva muy bien.

-¡Pero Quique! ¡Puede ser tu madre!

-Es mi madre. ¿No te conté? Vendí el departamento y volví a vivir con la vieja. Otra vez la tortilla de papas, las camisas planchadas… ¡No hay como la vieja, Colo! ¡No hay como la vieja!..

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