José Playo: “Cojo mal”

Cojo mal. Y para peor, me entero tarde. Yo siempre pensé, como el común de la población que no trabaja en el porno, que cogía bien. Qué digo bien: ¡que cogía como los dioses!

Hasta que me filmé.

Cuando uno se filma, por fin, entiende qué es lo que hace sobre una cama. Ni siquiera sirve que garches frente a un espejo. El tema es filmarse. Con el mouse después pasás el videíto y te das cuenta. Al toque te das cuenta. Te ves palanca, desagradable, apretándote ocioso el ángulo mocho del pantalón.

Y ni hablar de cuando te vas arriba de tu amante con un brío torpe, sin gracia, con los pantalones en los tobillos y un gesto entre inocente y simiesco.

Sólo un hijo de puta coge así, con tan poco respeto por el prójimo.

Y cuando apretás la barra espaciadora y te ves congelado en una pelea con el brochecito del corpiño. O cuando te pausás y quedás sentado, en bolas, con las medias azules puestas y el pito como la pata de una liebre. No puede ser.

Eso que venías intuyendo con un miedo creciente se hace carne ahí, justo ahí.

Soy un gordo fofo y cojo hediondo.

Y después, cuando ya los fotogramas se pixelan porque ella movió la cámara, aparezco cascándome como lo haría un koala para que no se me baje y me pueda poner el forro… ahí es irreversible. Ahí sabés: “cojo mal, cojo pésimo; ¿por qué nadie me lo ha dicho para no vivir en esta farsa?”.

Pero. El peor indicio en este polvito de mierda es cómo sale ella.

En esa pausa que le ponés hay un gesto de ella que es eltrailer de tu fracaso. Ahí se ve bien, de modo escueto y contundente, que sos un pelotudo cogiendo. Ni siquiera se trata de que ambos hayan tenido un mal día. Lo que la película muestra a las claras es que tu destreza sexual se resume a una serie de movimientos espásticos, sin coordinación, sin ritmo y lleno de quejidos y jadeos.

-¿Te gusta? ¿Ah? ¿Te gusta?

Ahí, sacándola para acomodar la gomita del forro y limpiándote el aceite en los cachetes del culo, sabés que siempre has cogido como el orto.

En el fondo sabés que cuando uno se decide a coger, lo hace porque tiene ganas. Y se supone que si uno tiene ganas, no puede coger como si fuera esos muñequitos bailarines inflados con aire caliente frente a las gomerías.

-Cuando uno tiene ganas de coger -decía mi abuelo-, deja la vida en eso. Coger es una forma antiquísima de preservar la especie. Y preservar la especie es una forma de no morir. Cuando uno coge, espanta a la muerte.

Comparto ese pensamiento, aunque haga más evidente que cojo de un modo nefasto.

Cojo con la espalda y el culo chivados, los pelos de la frente llenos de goteras. Cojo como el ojete. Arqueado como un tapir alzado, bombeando como si me estuvieran ametrallando el lomo…

La puta, qué feo.

Verse a uno intentando llegar a la velocidad justa que le allana el camino a las cabras, macho, qué feo. Y no hay forma de saber si la cara que tengo es de un orgasmo o de un accidente cerebro vascular.

Tengo que poner pausa. Me reclino en la silla. Creo que estoy descompuesto.

¿Cómo ha hecho la gente para aguantar un segundo polvo conmigo? ¿Acaso las novias inexpertas se juegan siempre los orgasmos en la ruleta rusa del desconocimiento? Pero ¿y las otras? ¿Las más putas, las más audaces? Las que entregaban al toque el culo, por ejemplo, ¿no se dieron cuenta? ¿Por qué no dijeron?

Acá en mi monitor tengo veinticinco minutos de confirmación indiscutible.

Ella se deja filmar, es mi coprotagonista. Tiene flequillo rollinga. Come chicle todo el día y fuma porro como una descosida. En palabras de mi hermano, un putón desorejado.

¿Tampoco se dio cuenta, tan experta ella? ¿Tiene otro chongo con el que se pone al día como dios manda después de que yo la pellizco hasta el enrojecimiento cuando me engolosino con una de sus tetas?

Hija de puta. La llamo:

—Cojo mal —le digo.

—Sí, boludo —contesta entre risas.

—¿Por qué no me dijiste?

—Mmmm —dice ella—. Te ibas a deprimir, los hombres se deprimen si les decís que cogen mal o que tienen el pito chico.

-¿Lo del tamaño que me dijiste? ¿Tampoco?

-Y… la tenés normalita.

-“Normalita” es diminutivo…

-Bueno, contame qué estás haciendo.

Voy y vengo con la punta del mouse. El polvo terminó a los pocos minutos. Adelanto sabiendo que no hay nada más. En los quince minutos siguientes aprieto botoncitos en el respaldo de la cama del mueble, cambio la intensidad de las luces, propalo música tecno o Ricardo Montaner, y ella hace globitos con el chicle y mira el techo.

A su lado me rasco un cachete del culo. Y fumo y me tiro la ceniza en el pecho.

—Qué horror soy cogiendo —le digo.

—Sí, bebé —dice ella—. Te voy a decir la posta, loco: a mí lo que más me gusta hacer con vos es jugar a la Play Station.

Hago silencio. Con la Play tampoco soy bueno.

-¿La moto que tengo te gusta o eso también es medio-medio?

-Y… es un ciclomotor…

-Mmmm. Loca, estoy hecho pelota, yo pensé que cogía re bien…

-Mirá, yo estuve con una banda de tipos y…

-¿Cuánto es una banda?

-Una banda.

Voy al principio de la filmación, donde aparezco en primer plano ubicando la camarita. Y empiezo a coger mal de nuevo. Cada vez que lo veo es peor. En vez de acostumbrarme a las imágenes, siento lástima por mí mismo cogiendo en HD.

“Una banda”. Qué pedazo de hija de puta.

-Te quedaste callado, ¿estás ahí?

-Sí -digo con la cabeza entumecida-. Y tengo unas ganas locas de tomar un helado.

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