Mariano Cognigni: “La globalización cordobesa”

Hace poco me enteré que existen en el mundo más de una decena de poblaciones llamadas “Córdoba” o “Córdova” dependiendo cuan mala sea la ortografía de cada una de ellas. Se las puede encontrar en España, Colombia, México, Estados Unidos y Filipinas. Al principio la novedad inflamó mi orgullo autóctono, supuse qué sí por todos lados nos quieren imitar, es porque realmente los cordobeses somos muy, pero muy, picantes. Pero enseguida comprendí que algo no andaba bien con tantas “ciudad de mis amores antigua y religiosa” dispersas por el planeta.

Hace algunas décadas, los habitantes de una región de Francia se cansaron que en otros lugares le llamaran “Champagne” al vino que habían inventado allí, entonces hicieron una ley por la cual nadie más que ellos puede usar esa palabra que acabo de escribir y por la cual ya deben estar esperándome los patrullero de la policía en la puerta de mi casa. Pues bien, nosotros los cordobeses, también debemos hacer valer nuestros derechos internacionales de la misma manera que lo hicieron con su vino gaseoso los ciudadanos champignones.

Pero no será tarea fácil. Para terminar con esta epidemia planetaria de falsas ciudades doctas, es necesario atacar la causa primigenia del problema y desenmascarar a los impostores. Estos impostores de ciudadanías practican un poco la tonada cordobesa con el grabador y un casete del Negro Álvarez y ya salen a la calle haciéndose pasar por la Mole Moli, total allá ¿quién se va a dar cuenta?

Y en seguidita nomás los tipos descubren que ser cordobés no es sólo arrastrar las vocales al hablar, es una condición de alcurnia que enaltece el espíritu del individuo hasta convertirlo en un ser superior, y eso que estoy siendo más bien modesto. Ser cordobés es mucho más que tener un domicilio asentado en el documento nacional de identidad, es un estado del alma que confiere al beneficiario una personalidad magnética, un carisma provinciano que ejerce una atracción irresistible hacia el sexo opuesto, y hacia el puesto también.

Yo siempre digo que a Maikel Jackson le fue tan mal en su vida porque estuvo pesimamente asesorado, el muy gil en vez convertirse en blanco, se tendría que haber transformado en cordobés.

El asunto es que transcurridos un par de días, estos internacionales cordobeses de utilería ya se creen que son Jerónimo Luís de Cabrera, se ponen ese birrete de lata que usaba el gallego y se largan a fundar poblaciones haciendo usurpación de un nombre propio que les es ajeno. Y encima lo hacen mal, sin buscar información como para lograr una copia medianamente aceptable. Ninguna de estas falsas córdobas está emplazada en un pozo lleno de smog, un pozo “que es el centro vital de la ciudad” .Algunas son una imitación de tan mala calidad que hasta dan al mar, ignorando totalmente el mote de “mediterránea” de la ciudad primigenia. También parecen olvidar que acá tenemos dos faros marinos, dos a falta de uno, no sabemos para que carajo, pero los tenemos. La mayoría de estas lejanas urbes hasta tienen empleados públicos que trabajan a conciencia, plazas con el pasto corto, semáforos que funcionan y cloacas que no desbordan tiñendo las calles de un melancólico colorcito caqui. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia nominativa.

Y así fue como el planeta se llenó de Córdobas de todo tipo, tamaño y color. Pero son todas córdobas genéricas, solamente una es la auténtica, y es allí donde vive la Mona Jiménez, el resto son sólo homónimos, homónimos sin homínidos

Bueno, a decir verdad, a todo esto yo simplemente lo supongo, pero estoy convencido que así han sucedido los hechos, porque también para suponer los cordobeses somos picantes, más picantes que el Picante Pereyra.

Así las cosas, es obvio que no nos podemos quedar de brazos cruzados mientras la sociedad moderna desvirtúa nuestra esencia globalizándola, mientras el verdadero “ser cordobés” se diluye en estos pueblos foráneos de extrañas características, pueblos muy coloridos pero desabridos, como los tomates larga vida. Y nosotros no somos así, no señor, nosotros somos picantes como el ají de la mala palabra, también llamado el ají de la mujer con una actitud complaciente para el acceso carnal y que un día dio a luz.

Buscando soluciones a este caos interurbano, pensé que le podríamos declarar la guerra a las diez córdobas restantes, pero enseguida caí en la cuenta de que  las fuerzas bélicas de ambos bandos estarían sumamente desparejas, y nosotros no somos ningunos aprovechadores.

Un rato más tarde se me ocurrió que podríamos evitar que los otros nos copiaran si tuviésemos nuestro propio idioma y que nadie nos pudiese entender cuando hablamos, pero luego recapacité: eso ya sucede.

De este modo comprendí que no va a quedar mas remedio que aplicar el plan C: cambiarnos el gentilicio. Yo sé que es una medida drástica, pero es la única salida, ya basta que nos digan “Cordobeses” basta, el término está de lo más bastardeado. Por mucho que nos duela debemos cambiarlo, esta va a ser una jugada maestra que a los otros los va a dejar en outside.

Entonces pasé algunos días pensando en algún gentilicio que suene impresionante, porque –seamos sinceros- nosotros somos más picantes que el chimichurri pero también somos medio agrandados, somos de esos que caminan anchos, como llevando una sandía bajo cada brazo. Y así fue como se me ocurrió que el nuevo gentilicio podía ser “Americanos”, Estaba chocho de contento yo con mi hallazgo, pero de algún lado me sonaba y no era de los Supermercados Americanos, era de los Yankees, ya se les había ocurrido a ellos, que cuando alguno te dice que es “americano” uno se queda preguntándose de dónde, si será peruano, boliviano, cubano, canadiense o esquimalense. Pero no me desanimé, estos tipos a nosotros no nos van a ganar, vamos a ser más agrandados y abarcativos que ellos, de ahora en más los cordobeses nos vamos a hacer llamar “Terrícolas”.

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