Mariano Cognigni: “Humor cordobés zombie”

Es por todos conocido que los comechingones eran unos indios barbudos que habitaron estas tierras. Es menos sabido que además eran muy divertidos. Dicen que eran unos tipos muy jodones y eso dio origen al humor cordobés.
Cuentan que el parecido de ciertas palabras del castellano y algunos apellidos les causaban mucha gracia y les encantaba bromear con eso. Pues bien, los cordobeses actuales no nos damos cuenta, pero todos llevamos dentro un espíritu comechingón que cada tanto nos domina y nos obliga a repetir esos mismos chistes, viejísimos y pavos, que a ellos los hacía reírse como locos y a nosotros ni cosquillas nos dan. Pero no lo podemos evitar, en Córdoba es como un humor protocolar que se trasmite de generación en generación, como decir “por favor y gracias” Este humor no tiene un nombre que lo identifique, por eso no me quedó más remedio que describirlo.
Son chistes que hacen alusión a alguien dirigiéndose hacia una tercera persona, real o imaginaria. Con mis amigos hemos hecho una extensa recopilación, estoy seguro que con esta investigación me voy a ganar, cuanto menos, el premio Pullitzer:
# Cuando alguien viene de traje nuevo decimos “¿Qué tragedia, no?”
# Cuando llega alguien calvo: “Compré peladilla para esta navidad”.
# Cuando una chica tiene lindas piernas: “No sabía que jugaba Gamboa”.
# Cuando alguien paga la ronda: “Está tocando Paganini”.
# Cuando el mozo no llena el vaso de vino bien al ras: ¿Che, qué pasa, ahora está jugando Cuello?
# Cuando alguien viene con pinta de embolado y preocupado: “Che, qué lo parió, qué está cara la cebolla”.
# En los vestuarios de hombres de los clubs deportivos cuando se está desvistiendo alguno que destaca entre el resto: “Mirá vos che, no sabía que a este club había pedido el pase Vergara”.
# Cuando alguien aparece con un saco nuevo: “¿Qué saco con enojarme?”.
# Cuando alguien llega con lentes nuevos: “Ja, ahora resulta ser que a cualquier rancho le ponen vidrio”.
# Para pedirle a alguien que guarde discreción llevamos el dedo índice entre los labios, ponemos cara seria y decimos: “Vos…Cayetano Silva”.
# Cuando alguien quiere pedir una coima: “No te vayas a olvidar del Diego Maradona”.
# Cuando alguien tiene una corbata que llama la atención: “¿Y Corvalán? ¿Vino hoy?.
# Cuando otro llega con un saco que destaca entre el resto: “Che, vos sabías que Saccardi sigue jugando en Ferro”.
# Para alertar a alguien que tenga mucho cuidado con un tema en particular llevamos el dedo índice al párpado inferior, lo estiramos hacia abajo, y a pesar de la cara tan ridícula que nos queda, ponemos gesto serio y decimos: “Ojo al parche, Morgan”.
# Cuando las cubiertas del auto están muy gastadas: “Che, esas ruedas ya están medio Lisandro”.
# Cuando algo a repartir es apenas suficiente decimos: “Alcanzó Justiniano Posse”.
# Cuando alguien come con muchas ansias: “Se ve que por acá andaba Ambrosio Funes”.
# Cuando alguien está medio pasado de copas, por no decir chupado: “Qué buen pedalín tiene esa moto”.
¿Y? ¿Cómo vienen hasta acá? ¿Se sienten aludidos? Es realmente un misterio el motivo por el cual repetimos estos chistes que ya eran viejos en la época de nuestros abuelos, que sabemos que los demás ya los conocen. Pero nadie se queja, es casi una regla de cortesía cordobesa.
En el barrio yo tengo ocho amigos cercanos, y me corto el pelo cada dos meses, cada uno que va llegando al bar, me dice: “Se ve que acá hay cortina nueva”, que es exactamente lo mismo que yo le digo a cada uno de ellos cuando viene de la peluquería. Es decir que, sólo en ese grupo y en la última década, hemos hecho el mismo chiste ¡3840 veces! ¡Y nadie nunca se quejó ni notó nada raro! No me digan, esto es muy misterioso.
Pero la cosa no termina ahí. A veces los espíritus comechingones nos agarran todavía más para la joda y nos hacen dialogar entre nosotros, como si fuésemos sus marionetas terrestres:
# Cuando llega una chica de ojos lindos, siempre hay uno que comenta: “Qué buenos hojaldres hacen en la panadería de acá a la vuelta”.
# Y el amigo, poseído también, contesta: “Si! ¡Son fatales esos O´Higgins!”.
Hay veces que la señal Wi Fi de médium funciona a full porque está despejado, entonces cuando el humor de los espíritus comechingones domina a todo un grupo, los hace actuar a todos juntos como en “Beetlejuice” los hace bailar el calypso banana.
– Hola, qué talquera ¿Cómo andamio?.
– Por Acassuso todo viento, sin novedades.
– ¿Qué acelga?
– Naranja Fanta, nomás al dope.
– ¿Y bocina?, ¿qué me Contursi?.
– ¿Yocsina? Todo de Diego.
– ¿Y Bossé?¿Qué tul?.
– ¿Yoko Ono? De diez más IVA.
– ¿Y a vos? ¿Cómo te baila? ¿Seguís medio maleta? .
– ¿Yolanda? No, ya me Cureta, hace ratón.
– ¿Y te sentís benemérito?.
– Mas Valeria que Lynch, me Río de Janeiro.
– Y yo me Porto Alegre.
Y así vamos señores, década tras década, repitiendo y escuchando este raro humor como loros, como zombis teledirigidos a los que les han comido el cerebro, o al menos se lo han arruinado un poco. Si en un asado llegás a contar un chiste viejo, los guasos te matan, salvo que pertenezca a este repertorio. Es un fenómeno sobrenatural, inexplicable, por eso no pude seguir con esta investigación. Ahora me despido de ustedes hasta el próximo Messi, chaucha.

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