Corré, loco, corré (Gustavo Oña)

El hombre desnudo que corre desesperadamente por las calles con un bebé en brazos, lamentablemente: soy yo. Y la mujer que lo persigue, el arma asesina entrenada en los campos de batalla de duros fracasos sentimentales: es mi señora. ¡Y pensar que hoy era mi día libre! día en el cual podía, por permiso y necesidad, desarrollar mis lúdicas actividades favoritas del ocio, el zapping y el lomito con papas, pero todo, todo, salió mal. Me considero una persona optimista que sabe hacer frente a las adversidades y salir fortalecido, algunos le llaman resiliencia; ella, inmadurez. Que mi vida corra riesgo es por culpa de que mi mujer amaneció con anginas y por ese motivo me pidió que lleve al bebé al control que teníamos con la doctora Herrera. Pausa. Para entender todo esto es necesario aclarar que somos padres primerizos y tener un bebé de un mes y medio significan muchas cosas, como por ejemplo que hace un mes y medio que se duerme poco, que se come peor, que tengo tortícolis, miedo al dengue, al zika, a Macri, y uno se da cuenta lo pobre que es frente a las eternas góndolas de pañales y encima estos hombres en miniatura sonríen como angelitos pero cagan como toros empachados. Pero el punto más importante, la piedra angular de este asunto, es la abstinencia. Hace largos meses que con mi mujer no tenemos relaciones y el único pelo que le toco es el que saco de la pileta del baño para que no se tape la cañería. Encima tiene los pechos enormes, redondos y duros y todo el día los lleva al aire libre para satisfacer las necesidades nutricias, a demanda. Hay corrientes teóricas que hablan del co-lecho; sin embargo, cuando mi mujer de noche pone al bebé en la cama y por miedo a aplastarlo me voy a dormir al sillón, nace un nuevo e incipiente paradigma: el hombre sin-lecho. Cuando me pidió que llevara al bebé al pediatra pensé en decirle que no; pero no me animé, entonces armé el bolso, opté por el optimismo y como buen padre salimos caminando bajo el abrigo del hermoso sol de otoño. Padre e hijo, una postal de amor, compromiso, pero sobre todo responsabilidad.

 

 

***

Llegué al sanatorio, me anuncié en recepción y me senté en la sala de espera repleta de mamás hablando de lactancia, provechos, calostros, pezones partidos y cesarías, pero allá, en un rinconcito, estaba él. Otro papá con un bebé en brazos. Me senté a su lado, dijo que se llamaba Alejandro y contó que por razones parecidas a las mías su mujer no pudo asistir. Lo que nadie sabía era que se trataba de una reunión grupal para enseñarnos primeros auxilios, formas de amamantar y recomendaciones a la hora de cambiar pañales. Una enfermera nos hizo pasar al consultorio, una sala con varias sillas, música tierna, una camilla y mate cocido. Y de atrás de un biombo salió la doctora Herrera. Un minón. Una yegua infernal de un metro ochenta, cintura de avispa, pelo platinado y la chaquetilla le explotaba por las siliconas. El otro padre y yo, conocedores de la retención de líquidos en los cuerpos de nuestras dulces mujeres, nos miramos de inmediato y me dieron ganas de codearlo y decirle que no era justo que las pediatras estén así de buenas, loco, que la Facultad de Medicina debería prohibir semejante crueldad y no poner pichón de bestias frente a padres cursando pesadas abstinencias sexuales y que todas las pediatras, por regla y obligación, deberían ser bigotudas y antipáticas. La doctora cuando parpadeaba era como si tuviera orgasmos profundos y cada entonación de ella me hacía cosquillas en el rafe perineal, o por ahí. Miró al otro papá y a mí y nos felicitó por ser padres que compartíamos la crianza y después le pidió a Alejandro y a mí poner a nuestros hijos en la camilla y mostrarles cómo cambiábamos el pañal. Cuando terminó nuestro turno envolvimos como tamalitos a los niños y nos sentamos hipnotizados por ese derroche de hermosura.

***

Volví a casa contento, hablé con el niño y le juré que al mes siguiente lo llevaría de nuevo.

—¡Ya llegamos! —le dije a mi mujer asomándome a la puerta de la pieza en donde hacia reposo, había pedido que ponga el moisés en el comedor por miedo al contagio.

—¿Cómo les fue con la doctora? —preguntó desde la cama.

—Shsss, está re mosca, lo dejo en el moisés, me baño, lo cambio y le doy la mamadera.

Mi mujer me miró:

—Sos un encanto de papá, gracias.

Dejé al niño en el moisés envuelto en su colchita y me pegué una ducha.         Después me enrosqué la toalla en la cintura y me dispuse, como un papá encantador, a cambiarle el pañal. Cuando le saqué la mantita lo noté más peludo que de costumbre y con un lunar que nunca había visto. Me recriminé no pasar más tiempo con él, no podía ser que no supiera de ese lunarcito de papá y al retirarle el pañal me horroricé, caí de rodillas y empecé a gritar:

—¡Dios mío! ¡Qué le pasó al pene de mi hijo! ¿Qué le pasó a mi hijito?

Mi mujer salió de la cama y corrió al comedor. El bebé lloraba, morado, ella pálida y yo colorado.

—¿Qué pasa, Mariano?

—El nene no tiene pene. Tiene…vagina.

—¡Es una nena!

—¿Pero cómo puede ser si tuvimos un varón?

—¡Trajiste al bebé equivocado, cómo podes ser tan estúpido! ¡Te voy a matar!

Esas fueron las simples circunstancias que hicieron que corra desnudo con un bebé ajeno en mis brazos. Solo deseo recuperar a mi hijo y explicarle a mi mujer, con amor y optimismo, que un errorcito lo comete cualquiera. La gente mira atónica y un insensible me acaba de sacar una fotografía, no obstante otra persona me gritó algo que me hizo entender que el mundo siempre puede ser un poco mejor: corré, loco, corré.

Tambien te puede gustar