Comer, beber, reír

Uno de los chistes menos graciosos de Córdoba es que la ciudad no haya tenido hasta ahora un lugar específico para rendirle culto al humor. Hubo en su tiempo un puñado de peñas donde los guasos que todavía podían mantenerse de pie se subían al escenario a contar cuentos. La gente se reía a carcajadas, pero no se sabe bien si era por la mamúa que tenían o porque los que agarraban el micrófono eran tan fieros que daban gracia.

Se ve que algunos realmente eran graciosos, porque salieron de ahí y triunfaron en los grandes escenarios, que bien podían ser los de Cosquín y Jesús María, como los del Festival de la Papa, en Villa Dolores, o de la Avicultura, en Santa María de Punilla. Se les podría llamar “nómades” del humorismo, aunque mejor les quedaría que les digan “nómenos”, porque son capaces de beber no menos de un par de botellas por cada función.

Desde hace ya una década, el gobierno provincial organiza todos los años el Festival Pensar con Humor, que es la excusa perfecta para que los cómicos se junten sin que haya que poner plata para el asado. Este encuentro se ha convertido en un éxito tan rotundo que es la envidia de Broadway, donde los que hacen stand up sueñan con alcanzar la grandeza de sus colegas cordobeses; sobre todo, la grandeza de la busarda del Flaco Pailos, la grandeza  de la nariz del Negro Álvarez o la grandeza del Sombra de Horno de Cacho Buenaventura.

Pero, a pesar de que el humor cordobés es famoso hasta en Asia Menor (adonde llegó gracias a un comerciante de la calle Ituzaingó), cuando un turista arriba a esta ciudad y quiere ir en busca de ese producto regional, termina más perdido que beduino en la Antártida. Porque hasta este año, si un extranjero le preguntaba a un taxista dónde podía deleitarse con un espectáculo chistoso, el tachero lo mandaba a que escuchara el discurso de algún político.

Para subsanar esta carencia es que ha nacido en el corazón de barrio General Paz ese reducto que todos esperaban con impaciencia, como si fuera un bondi a las 3 de la mañana. La Casa del Humor, lugar que, como su nombre lo indica, recibe a la gente con una sonrisa, se ha establecido en la esquina de Jacinto Ríos y 25 de Mayo, donde, bajo la apariencia de un restorán, funciona un reservorio de la cultura cordobesa, destinado a cobijar en su seno (y en su coseno y en la tangente también) todas aquellas expresiones, típicas y no tanto, del humor autóctono.

Con sus paredes repletas de reproducciones de las obras de los dibujantes más prestigiosos, con homenajes a próceres como Alberto Cognigni (fundador de Hortensia) o Juan Carlos Mesa, con shows en vivo de las figuras de hoy y de siempre y con un menú que da risa, La Casa del Humor es ese sitio soñado, donde uno puede comer, beber y divertirse. Ese lugar donde también se nos escapa una lágrima, pero no cuando el mozo nos trae la cuenta, sino cuando un chiste nos hace llorar de alegría.

El proyecto ya está en marcha, pero los sueños siguen su curso y la idea es que en la ochava habiten Negrazón y Chaveta montados sobre su moto Puma. Que los humoristas estampen sus manos (o sus patas, siempre que estén limpias) en las baldosas de la vereda. Que el Grupo de Investigación del Humor (GIH) de la Universidad Nacional de Córdoba comparta los resultados de sus pesquisas con la gente. Y que, así como Mendoza y Salta tienen su ruta del vino, como Buenos Aires cuenta con un circuito tanguero y como Capilla del Monte festeja el Carnaval Alienígena, también la ciudad de Córdoba pueda encontrar en La Casa del Humor un espacio para exhibir con orgullo la riqueza de su comicidad.

Para sostener este emprendimiento, además de la voluntad, la energía y la buena onda, hace falta el aporte de aquellos que, desde el ámbito público o privado, estén de acuerdo en la necesidad de que una iniciativa de estas características tenga continuidad y se consolide. Esperamos que entiendan la importancia de que el humor cordobés haya conseguido al fin un hogar propio. Y, sobre todo, esperamos que se nos caguen de risa.

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